GUADALAJARA, 21 Sep. (Osvaldo Santana García, AGENCIA REFORMA)
El delito no termina cuando ocurre un homicidio, se denuncia una desaparición o comienza un proceso penal. Sus consecuencias permanecen años entre familiares que, aunque no sufrieron directamente la agresión, cargan con depresión, ansiedad, miedo o duelos que transforman su vida; son víctimas indirectas.
En uno de estos casos, desde la última vez que Martha abrazó a Fernanda hay una puerta que todavía no puede abrir: la del armario donde permanece la ropa de su única hija.
Fernanda Álvarez tenía 26 años cuando murió junto con su esposo, Alejandro, el 23 de junio de 2019, tras ser impactado su vehículo por el que conducía el futbolista Joao Maleck, en Zapopan. Un día antes se habían casado por la Iglesia.
"Tengo siete años que prácticamente no salgo de mi casa", relató Martha. "No he podido abrir el armario de mi hija; (...) desde que mataron a mi hija, me mataron a mí también. Estoy muerta en vida", sentenció.
Víctor Pérez Huerta, del Colegio de Psicólogos de Jalisco, explicó que familiares de víctimas pueden enfrentar depresión, ansiedad, estrés y afectaciones somáticas que les marcan la existencia.
En el contexto de una desaparición, además, permanece la incertidumbre sobre si la persona está viva. Esto lo vive Delia Esperanza Rodríguez desde que su hijo, Juan Manuel Rodríguez Rodríguez, desapareció el 30 de octubre de 2022.
"Dejas de ser la que eras tú", declaró con voz entrecortada. Desde entonces lo busca, pero la búsqueda también trastocó su familia. "Yo siento que por estar buscando a Manuel estoy perdiendo a mis otros hijos". Descansar uno o dos domingos le provocaba culpa.
"Siento que lo estoy olvidando, que no lo estoy buscando. Porque si yo no lo busco, no lo va a buscar nadie".
Martha y Delia atravesaron circunstancias distintas, pero comparten una consecuencia: el daño alcanzó también a quienes estaban alrededor de la víctima.