GUADALAJARA, 13 Oct. (Gabriela Alegría, AGENCIA REFORMA)
No cometieron ningún delito, pero durante sus primeros años de vida conocen los horarios, las reglas y el encierro de una prisión. Son hijos de mujeres privadas de la libertad que han vivido con sus madres durante los primeros años.
Al cierre de 2025, el INEGI registró en el país 280 niñas y niños menores de seis años que vivían en un centro penitenciario; el 40.4 por ciento tenía menos de un año. Para los centros federales, el censo considera a menores de tres años; para los estatales, menores de seis.
En ese periodo, en Jalisco se reportaron 27 mujeres privadas de la libertad, la cifra más alta entre las entidades, con hijos menores de seis años.
Angélica Rivera Ortega, especialista en readaptación y prevención social, quien trabajó durante 30 años en el sistema penitenciario de Jalisco, explicó que esta situación ocurre principalmente en el Centro de Reinserción Femenil, aunque también hay secciones para mujeres en centros mixtos de Puerto Vallarta y Ciudad Guzmán.
"La organización de las prisiones obviamente no está hecha para tener niños también privados de la libertad", señaló.
Recordó que, aunque en Puente Grande se habilitaron espacios más adecuados, durante su experiencia en centros del interior del Estado, los menores dormían con sus madres, sin cunas ni habitaciones propias.
Con el tiempo se establecieron protocolos para proteger sus derechos, pero persisten problemas como retrasos en el lenguaje, dificultades de socialización y falta de estimulación educativa. En Guadalajara existe un jardín de niños para preescolar, aunque la atención para bebés no siempre está disponible.
"Había temporadas en que no llegábamos a tener cuidadoras porque la Secretaría de Educación no lo tenía previsto y de una administración a otra podíamos contar o no con ese servicio", recordó Rivera Ortega.
La convivencia casi exclusiva con adultos también limita la socialización y podría generar un apego exclusivo a la madre. Además, los niños interiorizan las rutinas de la prisión.
"En la prisión se cierran las puertas a determinada hora, a determinada hora comen y entonces todo eso lo van introyectando los niños", advirtió la especialista.
Uno de los momentos más difíciles llega cuando los niños cumplen la edad límite de permanencia y tienen salir del penal.
"Había una ansiedad severa ante la separación cuando ya sabían que iba a cumplir tres años, tanto para la mamá como para el niño", relató Rivera Ortega.
Actualmente, explicó, desde el ingreso se contempla atención psicológica y, durante el último año de estancia, se realizan visitas domiciliarias y acercamientos con familiares para preparar la separación y determinar quién cuidará al menor.
Aun así hay niños que no soportaban esta fuera de la prisión.
José Abel Saucedo Romero, perito especialista en el sistema de justicia penal adversarial, cuestionó cómo se determina con quién quedará el menor. Aunque los centros cuentan con un consejo técnico para evaluar la mejor opción, consideró que podría faltar personal especializado para realizar un diagnóstico preciso.
Comentó que cuando no existe una red familiar, el niño puede quedar bajo resguardo institucional, lo que lo encierra en otro sistema, con sus propios problemas y carencias.