GUADALAJARA, 30 Sep. (MURAL / Staff, AGENCIA REFORMA)
Hace un año, Abraham Pacheco fue privado de la libertad; por 21 días vivió torturas y miedo mientras que en las calles su gente lo buscaba.
"Toda la gente se ha preguntado alguna vez en la vida: ¿si desaparezco, me buscarían? Pues yo tuve la oportunidad de conocer la respuesta", así inició Abraham Emanuel Pacheco el relato de los 21 días que estuvo privado de la libertad.
A un año de su cautiverio, "Yizus", como lo llaman sus amigos, contó a MURAL cómo sobrevivió a las torturas, el miedo de no salir con vida, y el impacto de descubrir que cientos de personas se unieron a su búsqueda.
Abraham desapareció el 30 de agosto de 2025 en la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG), cuando acudió a realizar una grabación que creyó que sería un trabajo más.
Al llegar al sitio fue sometido por tres hombres, quienes lo encañonaron. Él pensó inicialmente que se trataba de un robo, pero los sujetos le cubrieron la cabeza con una bolsa y lo subieron a un vehículo en el que fue llevado a lo que describe como una casa de interrogatorios.
La primera noche, fue castigado con una golpiza por hablar con un sujeto.
Relató que en el cuarto donde fue arrojado había un hombre que ya estaba muy afectado psicológicamente y al tipo se le ocurrió dirigirse a él para pedirle un cigarro.
Esto provocó que los guardias los golpearan y cambiaran sus ataduras para colocarles las manos detrás de la espalda.
Abraham permaneció así durante tres días, con dificultades para dormir y dolores constantes en los hombros y la espalda.
Durante los primeros días, intentó ocupar la mente pensando en quién podía estar buscándolo, pero la falta de sueño, el dolor y el aislamiento terminaron afectando su percepción y llegó a experimentar alucinaciones.
El problema era que Abraham no tenía muchas razones para pensar que alguien lo buscara, pues el día que salió de casa no dio muchos detalles de a dónde iba. Así comenzó una de las batallas que tuvo que librar durante el cautiverio: convencer a su propia mente de que debía esperar un día más.
Aunque la frase terminó convirtiéndose en un mecanismo de sobrevivencia, hubo momentos en los que pensó que no regresaría a casa.
Uno de ellos ocurrió cuando el mismo sujeto que provocó que lo golpearan tuvo una crisis nerviosa y se libró de las ataduras e intentó razonar con los captores.
Abraham escuchó cómo lo golpearon durante varios días y luego, cuando el sujeto murió, escuchó los intentos de los captores por reanimarlo, pero no lo lograron.
Lo siguiente que escuchó fue cómo lo desmembraron, luego, uno de los sujetos se aproximó a él, le quitó la venda de los ojos y lo obligó a ver la cabeza del sujeto.
Para Abraham, aquello confirmó que podía morir ahí. A partir de entonces, su estrategia fue mantenerse con vida mediante el silencio y la cooperación.
Durante las primeras dos semanas, Abraham fue interrogado y golpeado.
Insistía en que era videógrafo, maestro de inglés, piloto y creador de contenido de motocicletas, y nada más.
Un día, uno de los responsables le dijo que ya lo habían investigado y comprobado que lo que afirmaba era verdad: él no era la persona a la que buscaban, pero tampoco sabían qué iban a hacer con él.
La historia de Abraham ocurrió en medio de una serie de desapariciones que involucró a otras seis personas privadas de la libertad en Guadalajara entre el 25 y el 30 de agosto de 2025.
Gary Omar Silva, Héctor Manuel Valdivia y José Manuel Arredondo fueron privados de la libertad el 25 de agosto. Dos días después, Frany Arteaga, Gustavo Torres Reyes y Berzain Rodrigo Vázquez fueron llevados de la galería Casa Natalia, en la Colonia Revolución.
Su liberación llegó después de 21 días.
Antes de dejarlo ir, sus captores le permitieron bañarse por primera vez, le dieron ropa y le devolvieron su teléfono y simplemente lo bajaron de un vehículo a media calle.
Abraham comenzó a caminar sin saber dónde estaba y pidió ayuda a varias personas para realizar una llamada, pero lo ignoraban.
Finalmente, una joven se mostró más abierta a escucharlo. Cuando Abraham le explicó que acababan de liberarlo de un secuestro, la mujer lo reconoció: había visto su búsqueda en redes sociales.
Ella le prestó su teléfono y Abraham pudo comunicarse con su hermana. Minutos después, su familia llegó por él.
Sin embargo, regresar no significó recuperar la vida que tenía antes del 30 de agosto.
Abraham perdió su trabajo y su cartera de clientes, y quedó muy afectado económicamente, pues sus captores usaron la banca móvil en su teléfono para robar sus ahorros y solicitar créditos a su nombre.
Actualmente pesa sobre él una deuda de aproximadamente un millón de pesos. Su banco se negó a apoyarlo, a pesar de las pruebas que presentó. Abraham pasó de tener una vida cómoda a recibir decenas de llamadas al día de los bancos para cobrarle.
Abraham cuenta que acudió a varias terapias, pero no logró tomarlas en serio porque algunas experiencias le parecieron poco profesionales. En cambio, encontró una actividad que le ayudó a recuperar parte de la sensación de libertad que había perdido: volver a conducir motocicleta.
También reconoce que sobrevivir le dejó una sensación difícil de explicar cuando piensa en quienes siguen desaparecidos. Hace poco acudió a un evento que terminó en la Glorieta de las y los Desaparecidos. Ahí vio el memorial y pensó en las familias que continúan esperando.
Rechaza la idea de acercarse a las madres buscadoras, pues considera que no tiene nada útil qué decirles.
Por eso evita ofrecer una esperanza que su propia experiencia no puede sostener: él sobrevivió a 21 días de cautiverio, otros no han vuelto.