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MONTERREY 27 Abr. (Roberto Leal Diaz. AGENCIA REFORMA) -
El Ballet de Monterrey envolvió el espacio del Showcenter dentro de un ambiente de sensualidad, energía y carácter, la tarde de ayer con su programa de primavera, Vértice.
La Compañía regia, que sostiene un alto grado de calidad y buen gusto, mantuvo cautivos a los asistentes que ocuparon casi por completo las butacas de la sala.
Yosvani Ramos, director artístico de la agrupación, propuso una muy buena selección de piezas que fueron desde la fuerza vibrante de Majísimo hasta la alucinante y sensual fluidez del estreno mundial de Diluvio, de la mexicana Sonia Jiménez.
La velada comenzó con Serenade, una joya del repertorio protegido del coreógrafo George Balanchine, brillantemente interpretada por los bailarines que deleitaron al público con su buena sincronía y convirtieron en movimientos suaves las notas de fondo de la música de Tchaikovsky.
Con un elegante vestuario en tonos pasteles, diseñado por Karinska y confeccionado por Marco Reyna, la iluminación, a cargo de José Ignacio López Cristerna, aportó sutileza y expresión para completar el cuadro.
Enseguida, el toque clásico de la primera parte del programa se imprimió con Diana y Acteón, pas de deux del Repertorio Tradicional con coreografía de Agripina Vagánova sobre la música de Ricardo Drigo.
Este dueto de gran exigencia técnica fue muy bien logrado por la pareja que formaron la brasileña Laura Barbosa, bailarina principal y el solista cubano Michel Parreño, quienes ofrecieron una muy limpia ejecución.
Antes del intermedio, Diluvio cerró con fuerza y dramatismo un primer impacto bastante atinado. La audiencia presenció la explosión de originalidad y el talento creativo que Sonia Jiménez desbordó en el estreno de su obra.
Utilizando música de Maurice Ravel con intervenciones electrónicas de Israel Torres, la mexicana crea una atmósfera que atrapa y contiene, intriga y resuelve, y deleita, al mismo tiempo.
En el transcurso de la pieza, la coreógrafa llevó los cuerpos de los bailarines a jugar con contrastes en la intensidad, la calidad y la plasticidad del movimiento resaltando las habilidades individuales de algunos artistas que, en conjunto lograron una desafiante fusión cargada de armonía.
Pasado el intermedio, la vitalidad y carácter de Majísimo llenaron el escenario con giros, grandes saltos y posturas elegantes.
Formado por cuatro parejas, el cuadro con autoría de Jorge García y con música de Jules Massenet, convirtió el espacio escénico en una fiesta de energía vibrante y llena de vida.
La bailarina invitada Antonia Manrique lució precisa, firme y coqueta en su intervención como principal de esta pieza.
Otro momento de gran demanda técnica surgió con la aparición del par de mexicanos Abigaíl Miranda y Dominic Godoy quienes fueron retados por el demandante pas de dux del Repertorio Tradicional, Llamas de París.
El corifeo Godoy, preciso, seguro y elegante, logró con éxito el alto grado de dificultad que este dueto demanda. No así para Miranda. La bailarina principal no tuvo una buena noche.
Con gran tino, la selección de Hydra para cerrar la función se convirtió en la cereza del pastel. Estrenada ayer, esta creación coreográfica que Robbie Fairchild hizo para el Ballet de Monterrey, con música de Ben Waters, causó un buen impacto en el público que, en general se mostró generoso al responder con fuertes aplausos la interpretación del ensamble dancístico regiomontano.
Particularmente, la pareja principal a cargo de la solista mexicana Amelie Flores y el corifeo brasileño João Alves, dieron una ejecución impecablemente suave, fluida y con gran control que capturó la atención de los presentes y robó el aliento en más de una ocasión.